jueves, 5 de febrero de 2015

VIOLÍN ELECCIÓN Y CONSERVACIÓN


 
1.- ESCOGER EL VIOLÍN.


Puede decirse paradójicamente que para escoger bien un violín hay que haber alcanzado un buen nivel técnico y sobre todo haber desarrollado una verdadera personalidad musical. Porque escoger es también buscar, descubrir lo que tienes ganas de oír y no solamente soportar lo que los violines te proponen. Probando violines, no vas hacia un sonido que te has forjado, que te imaginas. No se trata, pues, de tomar el violín más bello sino el que buscas. Por consiguiente, hay que tener una gran experiencia de los instrumentos. En efecto, se requieren meses para sentir y encontrar completamente un instrumento, pero a menudo sólo se necesitan unas semanas para decidirse. Hay que poder sentir qué es lo que tiene un violín «en el vientre». A veces, pruebas un violín que no suena muy bien, ya sea porque está mal regulado o no está en forma, ya sea porque antes lo han tocado mal, pero a fuerza de experiencia se puede sentir que ese violín debe sonar de otra manera y uno puede decidirse finalmente por un instrumento que no sonaba muy bien y que evolucionará después de la afinación o de un reglaje.
Algunos principios:

  •           Desconfiar de los violines que «suenan» bien desde cerca: a menudo no es así desde lejos. Un violín no es necesariamente potente, pero seguramente es un violín de alcance, cuyo sonido se propagará a todos los puntos de resonancia de cualquier sala.

  • La claridad y más todavía la rapidez de emisión del sonido son de primordial importancia, sobre todo en los pasajes rápidos. 


  • La homogeneidad del timbre, el equilibrio sonoro debe ser lo más perfecto posible entre las cuatro cuerdas.

  •    La cualidad del sonido en el agudo es sobre todo una cuestión de gusto. Algunos prefieren un agudo brillante, expansivo, otros buscaran un sonido más sedoso y más dulce.

  • No obstante, el timbre de un violín depende más del violinista que lo utiliza que del instrumento mismo. En cambio, no es posible ganar en potencia con un violín que carece de ella, sobre todo en las gamas de los instrumentos medianos. 

  • El aspecto físico del violín importa tanto como sus características sonoras. Habrá que prestar especial atención a lo siguiente:

  •      Al estado del barniz: nada de grietas y aún menos de fracturas, particularmente las fracturas del alma, provocadas por la colocación de un alma demasiado fuerte que pueda horadar la madera. Estas fracturas se reducen por medio de rustinas o «estómagos» que no son siempre muy visibles, sobre todo si el instrumento es antiguo y no ha recibido un buen cuidado;
  • ·       A los agujeros causados por la carcoma;

  •     A las modificaciones de formas, frecuentes en el siglo XIX, para poner los instrumentos en conformidad con ciertos patrones.
  •        Al forrado de la madera. Algunos violines antiguos, débiles en madera, lo eran también en potencia sonora. Ante la fragilidad de estos instrumentos, la dificultad en conservarlos y su naturaleza caprichosa, los violeros recurrieron siempre al forrado, con el fin de reforzar las partes débiles. Pero ello suele causar la desnaturalización del sonido.

También debemos tomar en cuenta que actualmente podemos clasificar los violines en dos grupos y subgrupos. Violines de concierto y violines de estudio.

1.- Violines hechos en fábrica, construidos en serie de los cuales tenemos diversas marcas y tecnologías:

·       El violín Chino
·       El violín Checo
·       El violín Alemán


2.- Violines hechos a mano por un laudero de cualquier nacionalidad

  • Violines antiguos
  • Violines de construcción reciente    
 
2.   EL REGLAJE o ajuste del violín

Puede cambiar completamente el sonido de un instrumento.
Uno tiene, pues, que efectuar el reglaje en el taller de su violero (laudero).

El puente: según su altura, corrige la inversión de las cuerdas de diversas maneras. Montado demasiado alto, da más brillo al sonido, a veces más potencia, pero la emisión no se halla facilitada y el hundimiento de la cuerda, sobre todo en el agudo, es cada vez más duro. Montado demasiado bajo, se pierde en potencia lo que se gana en facilidad de ejecución. La calidad de la madera en la que está tallado, su diseño y su edad tienen igual importancia. Se vigilará que la curvatura, entre la primera y la última cuerda, no sea demasiado pronunciada, con el fin de evitar las dificultades en la ejecución de las dobles cuerdas.


El alma: Lucien Greislamer, en L' Anatomie et la physiologie du violon,de l´alto et du violoncelle (op. cit.), define así su papel principal: "Facilitar así la emisión de las vibraciones cortas para las dos cuerdas de la derecha y las de las vibraciones largas para las dos de la izquierda". Y añade, un poco más adelante: "Aquel que maneja el arco  conoce la extensión del partido que se puede sacar de un buen instrumento bien regulado y sabe a qué inconvenientes se expone cuando no se cumplen rigurosamente todas las condiciones del reglaje". Es decir que el arreglo del alma, más aún que el del puente, tiene una importancia capital sobre el timbre de un instrumento: si se coloca demasiado cerca del puente, las notas agudas se vuelven estridentes, mientras que las graves se hacen secas. El patrón de un alma, tan importante como su ubicación, determina así mismo la facultad de resonancia del fondo. Así pues, habrá que prestar atención particular a todos estos elementos, que son mucho más que detalles, en la elección del instrumento.


Sucede a veces que se intenta volver a encontrar en el instrumento de uno un calor, una redondez, una elasticidad, o por el contrario una tonicidad, una potencia que habría perdido, por razones diversas, a menudo difíciles de definir, a veces ligadas a un golpe, pero también a variaciones de temperatura o de humedad. Para ello se actúa sobre ciertos parámetros muy precisos: la ubicación del alma, del puente (y el lugar de uno frente al otro), la inversión, la altura de la cuerda (distancia de las cuerdas con relación al diapasón), a veces incluso el cambio del alma y del puente (más o menos fuertes), del desplazamiento lateral del puente. Variaciones ínfimas de estos parámetros pueden provocar variaciones considerables de la sonoridad. No es erróneo decir que un violín bien regulado puede ser transformado en el plano sonoro.


Las sesiones de reglaje son un momento bastante angustioso de la vida del violinista. Ante todo es un momento de gran intimidad y confianza con su violero o laudero. Uno no está nunca seguro de lo que va a  salir, y es algo que se hace de manera empírica, tanteando. Uno prueba algo, toca algo: -No, el agudo es demasiado brillante, -no el violín ya no tiene armónicos, -no el grave suena como un alto...demasiado ancho, etc.. Y después, poco a poco, uno encuentra lo que busca. Dicho esto, los violines se mueven y tienen también una fantástica capacidad de adaptación, de autorregulación. No es raro sentir como un violín se adapta por si mismo a un clima, si se le deja tiempo para ello. Por esto no es conveniente acudir al violero al menor problema. Algunas operaciones necesitan un destablado. Es decir, que se debe abrir el instrumento (despegar la tabla del fondo) para intervenir en el interior. Es una operación muy perturbadora, a la cual no aconsejo a los violinistas que asistan. Antoine Vidal nos cuenta, en el libro de Roger Millant (Cf Roger Millant, J. B. Vuillaume, Londeres, W.E. Hill and sons, 1972. p 61.) sobre J. B. Vuillaume, el destablado del Guarnerius de Paganini por este último. (Relato algo mítico, pero, no obstante significativo.)



3.-EL ARCO

Si es por lo menos tan importante como la elección del violín, la elección del arco es todavía más delicada. Un arco de calidad posee una varita equilibrada aunque el concepto de equilibrio sea a menudo relativo: algunos arcos pesados pueden parecer ligeros al emplearlos, si su equilibrio es perfecto. Un arco pesado da un sonido más lleno, porque se adhiere mejor a la cuerda, pero la manipulación puede ser difícil en los pasajes de virtuosismo y los golpes de arco ligeros. Al revés, si la realización de un spicatto perfecto es más fácil con un arco menos pesado, la materia sonora pierde en densidad, en riqueza, en potencia. Lo importante es la sensación de una buena toma en mano, que no deja de guardar relación con la forma del alza a la que hay que prestar atención en el momento de comprar un arco. El peso ideal oscila generalmente entre 60 y 62 gramos, aunque ciertos arcos de menos de 60 gramos puedan revelarse excelentes si están bien equilibrados. En resumen, la adquisición de un arco es asunto de comodidad personal y de equilibrio en la mano. Se comprobará igualmente el estado del alza, deshaciendo eventualmente el revestimiento, porque una reparación en ese punto neurálgico puede provocar una pérdida de valor a un arco de calidad.


4.- CONSERVACIÓN DEL INSTRUMENTO


Todo instrumento ya sea de estudio o de concierto, sufre inevitablemente una serie de constreñimientos debidos a los viajes, a los cambios de temperatura o de presión higrométrica, que no le son totalmente nefastos. Casi siempre vuelve a normalizarse bastante rápidamente: no es necesario, para conservar correctamente un instrumento, correr hacia el laudero cada vez que el violín se utilice. Hay que tomar algunas precauciones simples para conservarlo con buena salud. No dejar nunca el instrumento cerca de una fuente de calor ni en una fuerte corriente de aire, para evitar los riesgos del despegamiento. Después de envolverlo en una tela de seda, guardarlo en una caja de madera barnizada o recubierta de piel, la cual aísla el instrumento casi tan perfectamente como una caja isotérmica. Si no quiere tener que afinar durante la ejecución de una pieza, procure mantener el instrumento afinado lo más constantemente posible: esto garantiza una presión de las cuerdas equilibrada y homogénea, que asegura una respuesta vibratoria óptima. Después de tocar hay que limpiar cuidadosamente el instrumento. Es bueno cambiar las cuerdas con bastante frecuencia —cada dos meses aproximadamente para el la y el mi, cada tres o cuatro meses para las cuerdas graves—, así como las cerdas del arco, que se sustituirán cada seis meses aproximadamente.




Conviene asimismo limpiar regularmente el violín con polish (o popote) que se encuentra en casa de los lauderos y que se aplica con algodón. Naturalmente, hay que quitar cada día la colofonía (brea) que se deposita sobre las cuerdas y sobre la tabla (debajo de las cuerdas) con un paño suave. También se pueden limpiar de vez en cuando las cuerdas mismas con algodón y agua de colonia un poco vieja, lo cual le devuelve el tono.

A menudo acaba por formarse una bola de polvo en el interior (el polvo forma una bola por efecto de las vibraciones). Basta entonces retirarla con unas pinzas de depilar, por ejemplo. Pero si hay una bola, se puede también poner arroz en el interior del violín; el polvo se adhiere a los granos de arroz y así cuando se los hace salir por las efes, el violín queda más limpio, pero se necesita paciencia.




 




martes, 3 de febrero de 2015

La Sinfonía



Sinfonía

La sinfonía se ciñe en mayor o menor grado a las particularidades de una sonata. (Del griego, syn, ‘juntos’, y phone, ‘sonido’), en música, es una composición orquestal que suele constar de cuatro secciones contrastantes llamadas movimientos y, en algunas ocasiones, tiempos. La denominación se aplicó por primera vez en el siglo XVI a los interludios instrumentales de formas como la cantata, la ópera y el oratorio. Un ejemplo notable es la ‘Sinfonía pastoral’ del oratorio El Mesías (1742) de Georg Friedrich Händel. La sinfonía en su sentido moderno surge a comienzos del siglo XVIII.

Hacia 1700 se estableció el modelo de las oberturas en la ópera italiana (llamadas sinfonías). Se componían de tres movimientos (rápido-lento-rápido); el último acostumbraba a ser un minué. No estaban relacionadas en cuanto al material musical con la ópera a la que servían como introducción. Se interpretaban con frecuencia como obras de concierto. Compositores como Tommaso Albinoni, Giovanni Battista Sammartini y Antonio Vivaldi empezaron a componer sinfonías independientes con la misma estructura. Como las sinfonías utilizaron muy pronto la forma sonata en su primer movimiento y, a menudo, en otros también, los precursores de la sonata destacan también en el desarrollo de la sinfonía. Una tercera influencia importante procede de los intermezzi napolitanos, pequeñas óperas cómicas donde, para favorecer la comprensión del texto, las melodías se construían combinando motivos cortos y claros que apoyaban la melodía con armonías sencillas (en oposición a los acompañamientos elaborados y armónicamente complejos, habituales en la música anterior a ésta). Este desarrollo proporcionó al compositor nuevo material para volver a combinar, rearmonizar y desarrollar dentro de la forma sonata.

Hacia el año 1740 la sinfonía se había convertido en el principal género de la música orquestal. En Mannheim, bajo la inspiración del elector Karl Theodor, así como en Berlín y Viena, habían surgido importantes centros de composición. El bohemio Johann Stamitz elevó a la orquesta de Mannheim al nivel de gran conjunto de fama internacional por su brillantez y utilizó sus recursos en todas sus sinfonías. Fue uno de los primeros en agregar un cuarto movimiento, un finale rápido, que seguía al minué. En su forma sonata, los segundos temas buscaban generalmente el contraste con los primeros.
En Berlín, los compositores Johann Gottlieb Graun y Carl Philipp Emanuel Bach (hijo de Johann Sebastian Bach) escribieron sinfonías de tres movimientos con escaso contraste temático, pero en las que enfatizaban el desarrollo de la expresión emocional.

En Viena predominaron las sinfonías en cuatro movimientos; el primero era el de mayor importancia. Los instrumentos de viento se utilizaron con profusión y se puso especial cuidado en la integración melódica. Así, la transición entre temas podía hacerse mediante motivos cortos desde el tema principal. Entre los compositores vieneses son importantes Georg Matthias Monn y Georg Christoph Wagenseil. También fue influyente Johann Christian Bach, hijo de J. S. Bach, que estudió en Italia y trabajó en Londres. Sus sinfonías están llenas de la gracia de la melodía italiana.

El compositor austriaco Franz Joseph Haydn, el primero de los grandes sinfonistas vieneses, experimentó continuamente con nuevos recursos y técnicas en la composición orquestal. Es autor de 107 sinfonías en las que alargó y amplió la forma sinfónica. Introducciones lentas preceden frecuentemente a los primeros movimientos, los movimientos con forma sonata evitan el contraste temático, y los finales, con forma sonata o rondó, tienen un vigor y gravedad desconocidos en las obras de los compositores anteriores. Utilizó a menudo el contrapunto (entretejer líneas melódicas), integrándolo en el estilo sinfónico. Estos rasgos característicos predominaron igual en las sinfonías conocidas por alguna peculiaridad, tal como la salida gradual de los músicos en la Sinfonía de los Adioses (sinfonía nº 45, 1772).

Haydn y su más joven amigo Wolfgang Amadeus Mozart se influyeron recíprocamente en la técnica sinfónica. Mozart, uno de los más grandes maestros del género, desplegó en sus 41 sinfonías una riqueza imaginativa no superada. Entre las más famosas destacan la Linz (nº 36, 1783), Praga (nº 38, 1786) y Haffner (nº 35, 1782). Sus tres últimas, en si bemol mayor, sol menor y do mayor, y Júpiter—todas de 1788—, elevaron la sinfonía hasta convertirla en un vehículo de profunda expresividad.

Ludwig van Beethoven compuso 9 sinfonías en las que la forma sinfónica alcanza su perfección y transmite una amplia gama de matices expresivos y emocionales. Esta posibilidad se presenta en un importante grado en las dos primeras sinfonías de Beethoven, pero llega a ser especialmente significativa en su Tercera sinfonía en si bemol mayor (1805), conocida como Sinfonía Heroica, que consta de un extenso primer movimiento lleno de energía creativa, un profundo movimiento lento con forma de marcha fúnebre, un scherzo exaltado y un finale en forma de tema con variaciones. En la Quinta sinfonía en do menor (1808) Beethoven introdujo un motivo rítmico y melódico de cuatro notas que unifica las diferentes secciones contrastantes de la obra. La Sexta sinfonía en fa mayor (1808), conocida como Pastoral, describe las emociones que se despiertan en el compositor al recordar escenas campestres. En ella utiliza algunas de las técnicas de lo que será la música programática, contando una historia sencilla e imitando el canto de los pájaros y los truenos. La Novena sinfonía en re menor (1824), considerada una de las más importantes obras del compositor, finaliza con un movimiento coral basado en el poema An die Freude (Oda a la alegría) del poeta alemán Friedrich von Schiller.
El nacimiento del romanticismo musical trajo dos tendencias opuestas en la composición sinfónica: la incorporación de elementos de la música programática y la confluencia de ideales de la forma clásica, con melodías y armonías típicas del siglo XIX.

Representando la primera tendencia aparecen el compositor francés Hector Berlioz y el húngaro Franz Liszt. Sus sinfonías tienen programas escritos y comparten elementos del llamado poema sinfónico.

El austriaco Franz Schubert, en cambio, fue esencialmente clásico en su acercamiento a la música sinfónica. Sus melodías y armonías son románticas sin paliativos. Sus sinfonías más famosas son la Incompleta (nº 8, 1822) y la Grande (nº 9, 1828). Las composiciones de los alemanes Felix Mendelssohn y Robert Schumann despliegan la rica armonía característica del romanticismo. Las sinfonías más famosas de Mendelssohn —la Escocesa (nº 3, 1842), Italiana (nº 4, 1833) y La Reforma (nº 5, 1841)— contienen elementos de la música programática que están sugeridos en sus títulos. Las sinfonías de Schumann, incluyen la llamada Primavera (nº 1, 1841) y la Renana (nº 3, 1850), tienen una mayor libertad estructural y abundante sentido melódico. La síntesis más conseguida entre la sinfonía clásica y el estilo romántico la encontramos en las 4 sinfonías de Johannes Brahms. El compositor ruso Piotr Ilich Chaikovski escribió 6 sinfonías, de espíritu programático, que combinan una intensa emotividad con rasgos del folclore ruso, especialmente en las tres últimas, con un desarrollo musical bien planteado. Los austriacos Anton Bruckner y Gustav Mahler fueron influidos en gran medida por los dramas musicales del alemán Richard Wagner. En sus 9 sinfonías Bruckner utiliza voluminosas sonoridades con toda la orquesta. Consigue dar unidad gracias a la constante repetición de motivos rítmicos y melódicos. Mahler amplió la extensión de la sinfonía y alteró frecuentemente su forma con largos pasajes vocales. Las dos sinfonías de Edward Elgar (1908 y 1911) resumen su particular tardorromanticismo sintetizando las influencias de Brahms y de Wagner. Una enorme energía se complementa con grandeza y nostálgico sentimiento por una época que finaliza. Antonín Dvorák, compositor checo, destaca por su destreza en el uso de temas populares, como en la Sinfonía del nuevo mundo (nº 9, 1893). Otras obras destacadas son las de los compositores franceses Vincent d’Indy y Camille Saint-Saëns, y las de los rusos Alexandr Borodín y Nicolái Rimski-Kórsakov. La Sinfonía en re menor del músico franco-belga César Franck ejemplifica la tendencia a la estructura cíclica en el siglo XIX: la conexión de diferentes movimientos por medio de motivos o temas recurrentes.

Durante el siglo XX varios compositores, como el estadounidense Charles Ives y el danés Carl Nielsen, acogieron la forma sinfónica con una visión personal e innovadora. El finés Jean Sibelius infundió nuevo vigor a la sinfonía moviéndose en sentido opuesto al de Mahler al comprimir el material temático y su desarrollo del mismo, cambiar la estructura de cuatro movimientos en tres en su Quinta sinfonía (1919) y excepcionalmente en un único movimiento en la Séptima sinfonía (1924). El inglés Ralph Vaughan Williams continuó en sus 9 sinfonías la tradición de Dvorak al emplear un estilo nacional característico, derivado del lenguaje de la música folclórica, particularmente en la Sinfonía pastoral (nº 3, 1921) y en la Quinta sinfonía (1943). Otros, seguidores del ideario del neoclasicismo, adaptaron la forma para incluirla en las tendencias del siglo XX en armonía, ritmo y textura. Destacan la Sinfonía clásica (nº 1, 1916-1917) del ruso Serguéi Prokófiev y las del también ruso Ígor Stravinski, así como las de los estadounidenses Aaron Copland, Roy Harris, Walter Piston y Roger Sessions. El impresionismo sinfónico está representado por las cuatro sinfonías del francés Albert Roussel. El austriaco Anton von Webern utilizó el sistema dodecafónico para componer la breve Sinfonía opus 21 (1928) que dura unos 11 minutos. Como la Kammersynphonie (Sinfonía de cámara) de su compatriota Arnold Schönberg, estas obras ilustran la tendencias de este siglo hacia la concisión y la economía formal y de medios. Las obras del ruso Serguéi Rajmáninov son formalmente románticas y tradicionales. Las del soviético Dmitri Shostakóvich son más densas y, en ocasiones, programáticas, con lo que se continúa la tradición de Mahler de hacer de la sinfonía una expresión de la íntima agitación psicológica del compositor. En el periodo de posguerra muchos compositores han visto en este género, como en épocas anteriores, un vehículo para la expresión de sus más sentimientos y creencias, aunque las líneas generales de la forma sinfónica que han utilizado sean tan variadas como las que hubo a comienzos del siglo XVIII. Cada una de las 4 sinfonías de Michael Tippett (1945, 1958, 1972 y 1977) reflejan un periodo diferente de su evolución estilística a lo largo de líneas estructurales bastante tradicionales, mientras que la Sinfonía Turangalîla (1948) de Olivier Messiaen es una gran suite en diez movimientos que giran alrededor de unos pocos temas centrales. Peter Maxwell Davies, después de componer obras innovadoras en la década de 1960, volvió a la sinfonía a mediados de la década siguiente. Ha escrito 5 hasta el momento. En ellas se encuentra, entre otros rasgos, la influencia de Sibelius. La idea de la sinfonía continúa inspirando a los compositores, aunque sus formas cambian continuamente.